14/8/08

Ella - II

Ella vive en otro plano de la realidad, tardé mucho en aceptarlo, aunque creo que desde el principio lo supe. Nunca me arrepentí de dejarla involucrarme en su locura, pero no sabré jamás si era lo correcto. A ella le gusta vestirse de negro, a ella le gustan los vestidos y los colores oscuros. Quizás vela por alguien ha muerto en su realidad paralela, quizás vela por ella misma. Cuando le pregunté me dijo que estaba de luto por el mundo, que el mundo estaba muerto. Yo siempre creí que es algo más. Eso me suena mucho a algún libro, y a ella siempre le gustó leer.
A veces le agarran ataques de depresión. Se lamenta de estar "así", aunque nunca me quedó claro a que estado se refiere, aunque, por supuesto, la mitad de las veces ni la entiendo a ella en general.
A ella le gustan las novelas, se pasa horas sentada en el diván de la biblioteca, con sus enormes vestidos y sus bellas manos deslizándose suavemente por las páginas de los libros. A mi me gusta mirarla, me paso horas sentado en el diván de la biblioteca mirándole mientras se envuelve en sus libros. Creo que ni la eternidad que ahora se despliega frente a mi me ayudará a comprender que siento por ella. Quizás es, realmente, amor. Quizás es fascinación o curiosidad. Su mundo me intriga, su mente también.
Eramos una pareja atemporal, o, mejor dicho, acrónica. Vivíamos en nuestro microclima dentro de una mansión europea construida a mediados del 1700. A veces creo que esta era la casa donde ella decía vivir. A veces dudo si en realidad esta casa no fue construida especialmente para sus padres, aunque eso haya sido tres siglos atrás. Teníamos un jardín enorme, verde, lleno de flores de colores donde a veces revoloteaban las mariposas. Ella pasaba las tardes en el pasto a la sombra de un olmo. Vivíamos en el siglo XVII durante el siglo XXI.
Un día ella estaba, como siempre, sentada en la mesa del comedor, un libro apoyado sobre el vidrio a su derecha, un frasco de esmalte de uñas negro y uno blanco a su izquierda, un frasco de quita esmalte frente a ella y en su mano, un pincel. Ella era ambidiestra.
Me mostró sus manos, sus uñas estaban pintadas de un prolijo color negro con una perfecta franja blanca en las puntas. me sonaba extrañamente conocido, peor no le presté mucha atención. Ella vivía en otra realidad y se pasaba horas hablando con las hadas del jardín, quizás ella misma fuera un hada, oscura y perturbada.

1 comentario:

Unknown dijo...

Me gustaron mucho estos textos sobre todo por el misterio permanente de ese personaje anacrónico y perdido en el tiempo actual que presentas. Es sumamente intrigante, al leerlo se me hizo la idea de que era una alusión al ensimismamiento.
Si lo seguís podrías trabajar con algo que dejaste de pasada, la locura. Seria una bonita ensalada de fruta la que podrías crear, por que podes abordarlo de mil modos distintos. Igualmente… que me meto yo si vos sos la artista!
Espero leerte pronto.

Saludos,
Cato.